El-manejo-politico-de-la-etica--ensayos-para-una-fundamentacion-teoricoprogramatica (2023)

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Ciencias Sociales

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ante un sistema en constante expansión, sobre todo en lo tocante al nuevo mercado mundial de la era globalizada. El mercado se erige nuevamente como el midas del progreso; al estado le toca promover el intercambio en la forma de “changarro y vocho para todos” (Fox), una promesa ilusoria ante los patrones de acumulación capitalista, pues al estado, ya desmarcado de su función Neevia docConverter 5.193directiva de la planificación económica, le queda únicamente establecer promesas y compromisos de carácter utópico-legitimatorio. El problema general es que en el estado benefactor se agudizaron las contradicciones del esquema costo-beneficio, mediante la producción de bienes y servicios liberados de su forma mercantil. Aunque el estado como soporte institucional del sistema se ve obligado a fungir como intermediario en la contradictoria relación entre trabajo asalariado y capital; el modelo de estado social no cumple con los criterios de rentabilidad que exige el moderno sistema económico mundial. Generalmente, el estado populista y corporativo latinoamericano fue el promotor del estado de bienestar. Las condiciones adaptativas del sistema capitalista presionaron a los distintos regímenes a forzar un cambio en las estructuras políticas y económicas propias de los modelos de estado social. En muchos aspectos, las formas desmercantilizadas de bienes y servicios de los cuales era proveedor el estado, lo conviertieron a éste en un monopolio que contravenía los intereses del gran capital. Los criterios de rentabilidad mostraron que al alto costo que significaba para el erario público la provisión de bienes y servicios, se sumó una creciente ineficiencia estatal. Desde esta óptica de mercado, resultaba más conveniente que la administración de muchos de los servicios estatales pasara a manos de particulares. Con la excepción de los Estados Unidos, el aparato estatal en la mayoría de los países de Latinoamérica y Europa Occidental concentraba funciones de producción y distribución de las formas desmercantilizadas que significaban la seguridad social, la educación, etc., además poseía activos de capital en la forma de empresas paraestatales que conforme al paradigma neoliberal sólo representaban un peso administrativo. Dichas empresas fueron privatizadas en favor de los intereses del gran capital. Pero el conflicto arrastaba desde antes una característica negativa sobre el uso y asignación de los recursos del Estado: “La contradicción interna en la producción estatizada de bienes y servicios es de forma y contenido. En virtud de su origen y contenido funcional, la meta de dichas organizaciones es crear opciones de intercambio tanto para la fuerza de trabajo como para el capital. En virtud de su modus operandi administrativo formal, se hallan exentos de las relaciones mercantilizadas; los valores de uso se producen y distribuyen sin ser controlados y dominados por valores de cambio. Esto tiende a abrir estos organismos estatales a demandas que a veces (...) se dirigen contra la propia forma mercantilizada, así como contra un aparato estatal que se percibe al servicio de dicha forma. Expandiendo los servicios sociales y la inversión en infraestructura, el Estado no sólo exacerba los síntomas de crisis fiscal, sino que se convierte en foco de conflicto sobre el modo en que deberían usarse los recursos sociales” (ibidem, p. 132). Neevia docConverter 5.194 Todo esto se combinó en un efecto que reiteraba que la función del estado no era precisamente, la administración de recursos: el estado no es una empresa, dichas funciones deben consignarse a los particulares, con el objeto de estabilizar aquellas contradicciones que habían provocado las mencionadas formas desmercantilizadas. El estado contemporáneo se veía rebasado nuevamente por los imperativos exigidos por la concentración del capital. La liberalización completa del mercado, acompañada de los procesos de globalización, permitió ahora sí, una completa generalización de los estereotipos y expectativas de modus vivendi, es decir, se completó aquella igualdad de los individuos ante el mercado a un nivel mundial. Hoy observamos por primera vez, aquella base social desclasada en la cual se encuentra la supuesta legitimidad del moderno sistema de relaciones capitalistas; así pues, “el intercambio, que se ha vuelto autónomo, descarga al orden político de exigencias de legitimación. El mercado autorregulador exige ser complementado, no sólo por una administración estatal racional y un derecho abstracto, sino por una moral estratégico-utilitarista en el ámbito del trabajo social, que en las esferas privadas es compatible con una ética “protestante” o “formalista”. Las ideologías burguesas pueden adoptar una estructura universalista y apelar a intereses generalizables porque el régimen de propiedad se ha despojado de la forma política y ha traspasado a una relación de producción que, según su apariencia, puede legitimarse a sí misma: la institución del mercado puede apoyarse en la justicia inherente al intercambio de equivalentes” (Habermas, p. 39). (c) Existe una amplia bibliografía referente al proceso de desmantelamiento del estado social en América Latina. Aquí lo importante es resaltar que el cambio de paradigma en el estado latinoamericano, alteró, después de un tiempo, los cimientos de legitimidad de las facciones políticas que habían implementado las políticas neoliberales. Aunque siempre se ha buscado hallar una justificación a nivel macroeconómico, la legitimidad recae en un nivel micro, el nivel del ciudadano que observa día con día la disminución de su poder adquisitivo, la mayor concentración de la riqueza y la desaparición de la clase media urbana. Creo que el factor determinante de esta crisis de legitimación ha sido la contracción de las clases a un nivel extremo, es decir la polarización de la concentración de la riqueza -primeramente oculta bajo la ficción de la sociedad desclasada y generalizada en cuanto a expectativas-, que ya no puede Neevia docConverter 5.195encontrar justificación en el anterior modelo de estado que aseguraba mínimos de bienestar y supervivencia. Durante el periodo comprendido en las décadas de los ochenta y noventa, el interés de clase se vio relegado a una posición secundaria en el sentido de que los imperativos del sistema económico mundial exigían un compromiso de clases en aras del progreso económico nacional (por ejemplo, programa Solidaridad); además los efectos del proceso de contracción de las clases se observarían con toda claridad años después, cuando resultaba imposible mantener esquemas económicos contradictorios que desembocaron en agudas crisis económicas y también con ello, en conflictos políticos y sociales. El interés de clase renació y volvió a manifestarse en su forma arcaica, el recurso de inconformidad de las masas, es decir, la movilización, la agitación y la perturbación del orden social. No podían ser otras las consecuencias en la sociedad desclasada; desclasada ahora en otro sentido: la contracción de las clases se manifestó de manera funesta como una estructura piramidal con una punta extremandamente angosta, donde se encontraban los dueños del capital y los beneficiarios de las políticas neoliberales, y una inmensa base de desposeídos, clase trabajadora excluida de las bondades de la globalización del capital. Los sectores de clase media ya no existían. Este proceso se manifestó de manera extrema en el caso argentino; la agitación social posterior a la crisis económica desembocó en una convulsión política derivada de una pérdida de legitimidad. Este plano sistémico se observa casi unánimemente en todos los países de Latinoamérica; ante tal situación resultó natural que la legitimidad que pretendía procurar el mecanismo de libre mercado, mediante la “justicia inherente al intercambio entre equivalentes” (Habermas) se traslade al

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Author: Pres. Carey Rath

Last Updated: 02/22/2023

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