¿Qué (no) es la Filosofía? (2023)

Índice

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  • El germen de la Filosofía
  • Filosofía, antifilosofía y más Filosofía
  • ¿Qué no es la Filosofía?
  • ¿Qué es la Filosofía?
  • Bibliografía

Cuando la palabra «Filosofía» aparece entre interrogantes, florece a su alrededor una amalgama de conceptos esotéricos y pretenciosos que poco tienen que ver con el sentido original de esta disciplina. Preguntar acerca de la Filosofía es preguntar acerca de la pregunta… Es poner entre interrogantes la propia interrogación. Y esto, siendo sincera, provoca un vértigo intelectual difícil de disimular.

En realidad, preguntarse qué es la Filosofía —y pretender encontrar una respuesta clara e históricamente coherente— resulta, precisamente, poco filosófico. Para entender qué es —y qué no es— la Filosofía, debemos partir de un presupuesto clave: toda pregunta filosófica —incluyendo la pregunta meta-filosófica por excelencia— es, en última instancia, una pregunta acerca del significado de las palabras. Esta propuesta, originaria de Wittgenstein, arroja un poco de luz sobre nuestra pregunta: ahora, ya sabemos que la Filosofía es un haz de significados solidarios con la Historia. Desde los presocráticos hasta la actualidad, la Filosofía ha significado «política», «religión», «matemáticas» o «ciencia». Luego, resulta inútil buscar un significado universal —esencialista, incluso— de la Filosofía, pues su sentido es absolutamente fáctico. Como decía Bochenski, «pocas palabras conozco que tengan tantas significaciones como la palabra Filosofía». La Filosofía, su ser mismo, se ha dicho de tantas maneras…

Preguntémonos, entonces: ¿qué no es Filosofía? ¿Cuándo la Filosofía deja de ser Filosofía? ¿Cuándo empieza a serlo? Apliquemos la propuesta de Foucault a esta disciplina: hagamos arqueología de la Filosofía… Pues, como dice Giorgio Agamben, «la indagación sobre el pasado no es sino la sombra proyectada de una interrogación dirigida al presente».

El germen de la Filosofía

Antes de empezar a escarbar en los recovecos del tiempo, desempolvando minuto a minuto la vida del pensar, preguntémonos: ¿en realidad, qué estamos buscando? ¿Un fenómeno? ¿Una experiencia? ¿Una actividad? Pues bien, curiosamente, la Filosofía es hija del verbo: en sentido literal, pues se trata de un sustantivo deverbal; y en sentido figurado, pues la Filosofía nace como actividad. La razón «se dice» por medio de la Filosofía, pues esta surge como la puesta en práctica de la razón. Es entonces cuando entra en juego un factor clave en el nacimiento de la Filosofía: el advenimiento de la polis.

El historiador Jean-Pierre Vernant, en Los orígenes del pensamiento griego, establece una relación entre el origen de esta disciplina y el nacimiento y auge de la ciudad griega. Solo en este contexto nace un pensamiento racional, «solidario con las estructuras sociales y mentales propias de la polis» (Vernant, 1965). La Filosofía se yergue, entonces, como razón práctica, despojándose de su primigenio misticismo —que, paradójicamente, sigue vigente hoy en día, como veremos posteriormente—.

Como explica Vernant, «la declinación del mito data del día en que los primeros sabios pusieron en discusión el orden humano, trataron de definirlo en sí mismo, de traducirlo a fórmulas accesibles a la inteligencia» (Vernant, 1965). Se define así un planteamiento racional y político separado de la religión, cuyo cenit lógico —cuyo telos, incluso— es la racionalización u ordenación de la vida pública como «coronamiento de la actividad humana» (Vernant, 1965). La Filosofía es, en esencia, política: la razón es pública, el método es dialéctico y el hombre… El hombre es homo politicus, es ciudadano. Como decía Aristóteles, la comunidad política es previa al individuo… Y, en cierto modo, también lo es la Filosofía.

Ahora bien, ¿qué es la Filosofía actualmente? ¿Cómo ha evolucionado esa primitiva esencia pública?

¿Dónde está, ahora, la Filosofía?

Filosofía, antifilosofía y más Filosofía

En nuestra feroz actualidad, la Filosofía se mueve, a tientas, entre el lucro, el consumo y el perenne egoísmo humano. La Filosofía se levanta cada mañana y, antes de desperezarse del todo, antes incluso de poder ver nítidamente en la repentina claridad, la Filosofía ya ha sido incriminada con la típica falacia de: «no sirves para nada, eres inútil».

Efectivamente, el argumento «anti-filosófico» por excelencia es la infravaloración de la Filosofía por su falta de pragmatismo y utilidad. Ciertamente, esta disciplina, más por fortuna que por desgracia, es un hereje de la religión capitalista —que dice Agamben—. No hay pecado más desafiante que la rebeldía del pensar. Y por ello, como todo hereje, la Filosofía es perseguida, insaciablemente, por el fanatismo neoliberal.

Sin embargo, realmente, esta supuesta crítica contra la Filosofía no es sino la confirmación de su existencia. Cuando utilizamos el término «inútil», estamos tomando por cierto un determinado significado con un bagaje idiosincrásico e ideológico determinado. Esto se acentúa, además, cuando recurrimos a la utilidad como criterio valorativo de una disciplina. Insultar a la Filosofía es hacer Filosofía. Tirar la Filosofía por la borda debido a su falta de pragmatismo es, en realidad, hacer filosofía utilitarista. Luego, resulta evidente la importancia de la Filosofía… Para que no haya Filosofía debe haber Filosofía. La Filosofía es el poso de cualquier argumentación, es imposible despojarse de ella.

Analicemos esto con un caso concreto: el filósofo estadounidense Daniel Dennett. Para él, la Biología, concretamente la teoría de la evolución, es la óptica a través de la cual observar el mundo. No hay idea más poderosa. La selección natural tiene un alcance extra-biológico: a través de ella se explica el origen del universo; pero también la moralidad y la cultura, la libertad y la conciencia humana. Para Dennet, con Darwin basta (Ovejero Lucas, 2000). Esta filosofía naturalista es, en el fondo, una antifilosofía desde la Biología. Y aunque sea una postura, cuanto menos interesante, no puede negarse que es, en cierto modo, una «traición a la Filosofía». Pero para entender esto, debemos aclarar antes una pregunta crucial: ¿qué busca la Filosofía? ¿Cuál es su lugar entre esa miscelánea de saberes y conceptos a la que llamamos conocimiento?

Realmente, la Filosofía puede ser resumida, alegóricamente, en un simple pero hermoso fenómeno: la luz. Sí, la Filosofía es un haz de luz que alumbra al resto de conocimientos. Así, si observamos el conocimiento desde la Filosofía —si observamos las Matemáticas, las Ciencias Naturales y las Ciencias Sociales bajo la lumbre del pensamiento crítico—, entonces, todo se verá mucho más claro. La Filosofía nos permite ver. Pero, ¿qué pasa cuando miramos directamente a la Filosofía? Si hacemos eso, en realidad, no veremos nada… Si miramos directamente hacia la luz, su luminiscencia puede cegarnos… Por ello, debemos mirar a través de ella, a través de la Filosofía. La luz existe en virtud de un «otro» al que iluminar—¿para qué sirve una luz en el vacío?—; luego, la Filosofía también existe en virtud de un «otro», de lo ajeno a sí.

Luego, la Filosofía ilumina a «lo otro»: al ser humano, a la Economía, a la Física, al Universo… La Filosofía ilumina al todo. Por tanto, parece que el filósofo no sabe de nada, sino del todo; y, precisamente, como no sabe de nada concreto, intenta ordenar todo lo concreto. De pronto, lo particular e individual deja de importar… Ahora, solo importa lo común, lo universal, lo coincidente…

Entendido esto, pues, ya podemos comprender en qué consiste la traición a la Filosofía: traicionar a la Filosofía significa dejar de mirar a través de ella… Traicionar a la Filosofía significa apagar la luz, quedarse a oscuras… Significa dejar de observar bajo la lumbre del método racional. Como veíamos antes, la traición a la Filosofía de Dennet es una traición «naturalista», pues el filósofo americano propone abandonar la lumbre de la Filosofía para sustituirla por la de la Biología. El conocimiento de lo universal ya no es la disciplina del pensamiento, sino la disciplina de la vida.

Así, esta revalorización de la Biología nace como una sustitución de la Filosofía desde su faceta racional. A saber, Dannet toma la «parte» de la Filosofía que engloba la razón, el método y los conceptos, y propone que la Biología cumple —más y mejor— con todos esos requisitos. Para Dennet, la Biología es más «amiga» de la verdad. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando un filósofo no traiciona a la razón de la Filosofía, sino a su ética, por ejemplo?

Efectivamente, existen filósofos, como Richard Rorty, que destierran a la Filosofía en su plano ético-político. Concretamente, este filósofo concluye que lo que promueve el progreso moral es la literatura y el arte, en particular la novela (Truchero Cuevas, 2008). Rorty dice, literalmente: «la novela, el cine y la televisión poco a poco, pero ininterrumpidamente, han ido reemplazando al sermón y al tratado como principales vehículos de cambio y del progreso moral» (Rorty, 1991). Luego, la Filosofía también ha sido desterrada en lo que a su moral y ética respecta.

Dicho esto, volvamos a la tesis inicial: acabar con la Filosofía es imposible. Hacer Literatura o Biología en detrimento de la Filosofía es, precisamente, hacer Filosofía —prueba de ello es que toda postura antifilosófica, desde Nietzsche hasta Dennet, parte siempre de un filósofo—. Luego, la antifilosofía presupone la Filosofía. Pero, ¿cómo? Pues bien, cuando Dennet evalúa, conceptualiza, discute y critica los distintos conocimientos para sacar en claro que el más «universal» es la Biología, está haciendo Filosofía. Es decir, la antifilosofía nace de un pensamiento crítico, de forma que no debe entenderse como una «antifilosofía» a secas, sino una «filosofía de la antifilosofía». Es más, la propia palabra «antifilosofía» implica la «filosofía». De nuevo, no podemos acabar con la Filosofía sin hacer Filosofía; no podemos renunciar a ella sin reivindicarla… Y eso es lo verdaderamente hermoso de ella: que siempre está.

¿Qué no es la Filosofía?

Ahora bien, algo tiene que haber que no sea Filosofía. Ciertamente, sí existen espacios donde la Filosofía no tiene cabida. El anterior apartado ponía de manifiesto que la antifilosofía presupone la Filosofía y que, por tanto, no logra negarla. Apartemos por un momento la antifilosofía, y preguntémonos: ¿dónde no está la Filosofía? Pues bien, creo que solo existe un lugar donde la Filosofía no está —donde la Filosofía no es—: los estantes de autoayuda. No, ahí no hay sitio para la Filosofía. Y, aunque llenos de Ética a Nicómaco, Crítica a la razón pura o El segundo sexo, la Filosofía, definitivamente, no está ahí.

Es evidente que el «estante de autoayuda» es una alegoría de la sociedad de consumo actual, donde el yo parece haber invadido el nosotros —esto es, lo plural, lo común, lo universal: la Filosofía—. Kant no puede estar en el estante de autoayuda por una simple razón: la Filosofía no puede estar a merced del yo —y sus problemas del primer mundo—. La Filosofía no acude al ser humano, sino que el ser humano acude a la Filosofía. Tú y yo necesitamos a Aristóteles y a Kant, pero ellos no nos necesitan. Es así de simple. Por eso, resulta irónico observar La náusea junto a El poder de creer en ti; o, aún mejor, Ser y tiempo junto a Cómo dejar de pensar demasiado —¿no es absolutamente sarcástico que este último título esté colocado, portada contra portada, junto a uno de los libros que más han dado de pensar?—. Esto, para cualquier filósofo, resulta indignante: pues atenta contra la dignidad de la Filosofía.

Luego, nada tienen que ver la Filosofía con la autoayuda, pues su objetivo no es la superación personal, sino el pensamiento crítico. Por ello debemos olvidar esa idea de «encontrarse a uno mismo a través de la Filosofía». Pues la Filosofía, por encima de todo, nos pierde.

¿Qué es la Filosofía?

Wittgenstein decía que el lenguaje es un reflejo de la realidad. La palabra «autoayuda» es el reflejo más fidedigno del solipsismo neoliberal actual: se toma la palabra «ayuda» —que precisa necesariamente de una segunda persona— y se le añade el prefijo «auto». La ayuda abandona al «otro». El yo se antepone, literalmente, sobre el . Por eso, a cualquier filósofo —o aspirante a ello— debería incomodarle esta continua «personalización» de la Filosofía por parte de la autoayuda, que coloca la teoría estoica, por ejemplo, a merced del yo. Pero la Filosofía no es algo personal. Y por ello, para filosofar debemos ser humildes. Debemos aceptar la independencia del pensamiento, su existencia propia, su valor «en sí». Rebajar la Filosofía al ser humano significa arrancarle las alas. La Filosofía es una lechuza que abre sus alas al atardecer, como decía Hegel. Debemos admirar la belleza de su vuelo: libre, valiente, eterno.

Repito: yo acudo a la Filosofía. La necesito. Y aceptando este axioma, acepto que la Filosofía no me pertenece… Reivindico su naturaleza «impersonal»; olvido el “yo, mi, me, conmigo” para reivindicar el simple y libre «se». Y comprendo así que la escritura, como manifestación de la Filosofía, también significa huir de lo «personal», significa huir de uno mismo. Escribir es agotarse en lo ajeno; es aceptar la insignificancia y fragilidad del yo. Escribir es renegar de lo propio… Es vaciarse en «lo otro». Filosofar es aceptar la inmortalidad del papel. Filosofar es aceptar la propia muerte.

Bibliografía

Ovejero Lucas, F. (2000). Con Darwin nos basta. Revistes Catalanes amb Accés Obert, Núm. 19, p. 74-77.

Rorty, R. (1991). Contingencia, ironía y solidaridad. Ediciones Paidós Ibérica.

Serra, C. (8 de agosto de 2022). Desaparecer. El País. Extraído de: https://elpais.com/opinion/2022-08-08/desaparecer.html

Truchero Cuevas, J. (2008). Rorty y la solidaridad. Anuario de filosofía del derecho, Núm. 25, p. 385-480.

Vernant, J. P. (1965). Los orígenes del pensamiento griego. Ediciones Paidós.

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Cite este artículo (APA): Verdugo, E. (2022, 23 de enero). ¿Qué (no) es la Filosofía? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/01/que-no-es-la-filosofia

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Last Updated: 03/25/2023

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