La banalización de la cirugía estética: “Hay gente que cree que va a la peluquería y no entiende que puede haber complicaciones” (2022)

“No tener culo” era un complejo que Míriam Parralo, de 28 años, arrastraba desde siempre. Después de años ahorrando, poco antes de que comenzara la pandemia, juntó los 8.000 euros que le hacían falta para una operación estética con la que quería implantarse grasa alrededor de los glúteos para ganar el volumen que no tiene de forma natural: “Estaba ilusionadísima, pero hice la tonta, me arrepiento muchísimo”.

Su operación salió mal. La “convencieron” para ponerse unos implantes sintéticos en lugar de la grasa y ahora uno de ellos se le mueve. “Estoy deforme total”. Trabajadora, soltera, con un hijo, no tiene dinero ni para poner una demanda contra la clínica ni para someterse a otra cirugía que le arregle el problema. “Antes de la intervención casi no me informaron. Me dijeron lo típico, que el implante podía reventar, pero poco más. Nada que ver con lo que sucedió”, asegura.

En muchas clínicas de precios bajos quien informa a las pacientes, o más bien clientas —en torno al 85% son mujeres—, son comerciales, a menudo sin formación sanitaria, y quien se somete a la operación no tiene más que un breve encuentro con el cirujano. Esto, junto a agresivas promociones comerciales y una creciente y masiva exposición a modelos de belleza irreal sobre todo a través de redes sociales y en generaciones cada vez más jóvenes, está dando lugar a una banalización de la cirugía estética, según profesionales, sociedades médicas y expertas.

“Hay gente que cree que va a la peluquería, y no entiende que en una cirugía puede haber complicaciones”, dice el cirujano plástico Diego Tomás Ivancich. “El paciente se encuentra desprotegido y abrumado por ofertas más centradas en el 2x1, por tiempo limitado o, ‘Si te operas tú, tu amiga gratis’. Son aberraciones, no estamos vendiendo jerséis”, se queja José Luis Vila, presidente de la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética (SECPRE). “Nunca pensé que podría banalizarse tanto mi profesión, que podría convertirse en un auténtico negocio que interesa a empresas al olor del dinero y que por encima del bienestar del paciente vayan a la cuenta de resultados”, lamenta Moisés Martín, cirujano plástico con más de 30 años de experiencia y miembro de SECPRE y de la Asociación Española de Cirugía Estética y Plástica (AECEP).

Cirugías que no salen bien

Los errores en las operaciones no son la norma, pero tampoco son completamente extraordinarios. Es inevitable que crezcan ante la proliferación de clínicas low cost, donde a menudo operan profesionales de la medicina que no tienen la especialidad en cirugía plástica, y el enorme crecimiento del número de intervenciones.

En una década, las cirugías casi se han duplicado en España: de 119.637 en 2010 a 221.935 en 2019, según los datos de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética (ISAPS, por sus siglas en inglés). En su último informe, que analiza 2020, las cifras cayeron como consecuencia de la pandemia (165.906), pero estima que volverá a los niveles anteriores y seguirá subiendo en los próximos años. Con estos guarismos, España fue el undécimo país con más procedimientos durante el año de pandemia; los tres primeros lugares lo ocuparon Estados Unidos, Brasil y Alemania, y por detrás de España se situaron Grecia, Colombia y Tailandia.

Yolanda Cabrera, doctora en Comunicación Audiovisual y profesora en la Universidad de Valencia especializada en género y estereotipos, explica que esto puede deberse, en parte, a que “las redes han agravado la presión a la tiranía de la imagen, hay sobreexposición social y exhibicionismo que además no valora lo mismo en ellas que en ellos, sobre todo las chicas más jóvenes, donde se da una hipersexualización”. Presión “por adaptarse al canon” con decisiones cuyos resultados a veces no salen bien.

No existen datos oficiales sobre intervenciones estéticas fallidas. La Asociación Defensor del Paciente recopila cada año las quejas que le llegan, que no son ni mucho menos todas las que hay. El año pasado fueron 251 casos de personas que se sometieron a una intervención de cirugía plástica, reparadora y estética con resultado insatisfactorio. “Y este año están creciendo. Son cada vez más”, dice Carmen Flores, su presidenta.

Vila, el presidente de la SECPRE, calcula —”de forma no oficial”— que el 98% salen bien y un 2% presentan alguna complicación. La muerte que sobrevino recientemente a Silvia Idalia, una chica que sufrió una infección, o Sara Gómez, una mujer que en diciembre se sometió en Murcia a una liposucción realizada por un cirujano cardiovascular, son “muy raras”, según él. “Es como el avión: hay cientos de miles de vuelos a la semana y no pasa nada, pero también se producen accidentes”, compara.

Intrusismo profesional

La SECPRE denuncia un enorme intrusismo. Calcula que hasta nueve de cada diez médicos que practican cirugías estéticas no tienen la especialidad oficial de cirugía plástica. Es la que se obtiene tras completar el correspondiente MIR, como sucede con cualquier otra. Pero en España sigue vigente una ley de 1956 que permite que todos los licenciados en Medicina y Cirugía puedan operar de cualquier cosa. “Lo que se está produciendo en los últimos años es una proliferación de médicos sin titulación que hacen cursillos de fin de semana, másteres de meses y algunos de ellos semipresenciales. Lo cuelgan en la pared y la pobre paciente cree que está enfrente de un especialista”, dice Vila.

Isabel Moreno Gallent, presidenta de AECEP, reconoce que solo depende de la ética de cada profesional decidir si hacer ciertas cirugías. “Yo sería incapaz de operar una catarata a un paciente. Por un máster de cuatro meses o cuatro fines de semana nadie puede estar dotado de saber lo que hacer en una operación si surgen complicaciones. Hacemos hincapié en que las pacientes se informen bien antes de elegir clínica”, insiste.

En algunas, cuenta Ivancich, contratan a médicos prácticamente recién licenciados a los que pagan muy poco dinero. “Son baratos y a ellos les sirve para hacer manos, coger experiencia”, señala. También matiza que no es lo mismo una complicación que una negligencia o que un resultado inesperado. “Yo siempre les digo a mis pacientes que yo opero, pero ellas cicatrizan”, resume.

Una sentencia del Tribunal Supremo de 2016 establece que “la cirugía plástica no conlleva la garantía del resultado”. Es algo “intolerable”, a juicio de Carmen Flores, del Defensor del Paciente: “Si contratas a unos obreros para que te dejen la casa estupenda, no te la pueden destrozar. Y es lo que ocurre a veces con la cirugía estética, en la que personas sanas salen mucho peor de lo que entraron”.

El cirujano Diego Tomás Ivancich invita a quien se someta a una intervención a que medite por qué le puede salir tan barata: “Nadie da duros a cuatro pesetas. Ahorran en materiales, en sueldos, en instalaciones, no dejan el tiempo de ingreso óptimo tras la intervención, ponen a un solo anestesista a atender dos intervenciones a la vez o practican varias al mismo tiempo, algo que yo nunca haría porque incrementa el riesgo de complicaciones”. La operación más frecuente, la de implante de pecho, se puede encontrar en ofertas de algunas clínicas desde unos 2.000 euros, un procedimiento que suele rondar los 5.000 y puede llegar en los centros más caros a más de 8.000

Ahonda Esther Pineda, doctora en Ciencias Sociales y autora de Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer, que “la democratización y abaratamiento de la cirugía plástica y otros procedimientos estéticos ha contribuido a su masificación, dejó de ser un privilegio de quienes contaban con mayor poder adquisitivo para estar disponibles para cualquier mujer, incluso de bajos recursos”. Habla de 2x1, el “trae una amiga y te sale más económico”, paquetes que ofrecen la realización de cirugías en otros países donde son menos costosos y que incluyen billete aéreo, estadía y cirugía, promociones en las que si te realizas dos cirugías un mismo día la tercera te sale gratis, sorteos de cirugías en las redes sociales y otras prácticas.

Pero eso es parte de la política comercial de algunas clínicas. Francisco Menéndez Graiño, cirujano plástico con más de 40 años, lamenta que estos centros no están gestionados por médicos, sino por empresarios: “Lo nuestro no es un negocio, es una profesión”.

Aunque los consultados señalan a las clínicas de bajo coste, no son las únicas que comparten ciertas prácticas. Macarena (nombre ficticio de una afectada que prefiere permanecer en el anonimato) padece graves secuelas tras una abdominoplastia que no salió bien en un centro “nada barato y muy reputado”. “No fui engañada, pero sí confiada por cómo me la vendieron. Solo hablé 10 minutos con la cirujana y no me explicaron nada. Me aseguraron que era facilísimo, que iba a quedar divina. Les respondí que me lo iba a pensar y al tiempo me llamaron para preguntarme si me animaba, que quedaría genial”, relata. Muchas empresas se escudan en el consentimiento informado que los pacientes firman, pero muchas veces sin ni siquiera leer. “Son varios folios con letra diminuta, te lo dan a firmar mientras una empleada te va dando palique y no te enteras de nada”, asegura Macarena.

Pieles retocadas, ojos agrandados, juventud eterna: violencia estética

Quedar “divina”, estar “genial”. La psicóloga clínica Aurora Gómez, experta en comportamientos digitales, explica que “lo normal [lo que creemos que es normal] es lo que vemos con más frecuencia”. ¿Qué ven más asiduamente las adolescentes? “Muchísimo input a través de Instagram, una presencia brutal de esas pieles retocadas, esos ojos agrandados, esa juventud eterna”. Eso empieza a ser “lo normal” y “comienzan a modificar su propia percepción corporal”.

Gómez indica el “trastorno somatomorfo” que puede producir el consumo continuo de la belleza irreal: “Generan una percepción alterada de sí mismas, los filtros en la calle no existen y la única forma de alcanzar esa imagen perfecta es con cirugía, dentro de una sociedad con un culto a la belleza y al cuerpo del que se saca mucho dinero”. Y que se enmarca dentro de lo que la socióloga Esther Pineda define como “violencia estética”.

Que es “es el conjunto de narrativas, representaciones y prácticas que ejercen presión y formas de discriminación sobre las mujeres para obligarlas a responder al canon de belleza; presión social que tiene consecuencias físicas y psicológicas en las mujeres y que se fundamenta sobre la base de cuatro premisas: el sexismo, la gerontofobia, el racismo y la gordofobia”.

La banalización de la cirugía estética: “Hay gente que cree que va a la peluquería y no entiende que puede haber complicaciones” (1)

La exigencia de “feminidad, delgadez, blanquitud y juventud se ha mantenido a lo largo del tiempo, y en la actualidad la forma en que se ejerce la violencia estética se ha incrementado y masificado”, explica Pineda, por esa sobreexposición al canon y, al mismo tiempo, “se ha profundizado” en la evaluación y el juicio: “Antes estos comentarios podían ser recibidos por familiares, amistades, la pareja, compañeros de estudio o de trabajo, pero ahora nuestros cuerpos están constantemente expuestos a la evaluación de infinidad de personas conocidas o no a través de las redes sociales”.

Al mismo tiempo que el feminismo crece y se expande, los estereotipos y el bombardeo de la perfección estética también. Pineda arguye que “el cuestionamiento y problematización de la violencia estética, la cirugía plástica, o la modificación de la imagen a través de medios digitales no significa que a las mujeres se les está quitando o cercenando la libertad de elegir sobre su cuerpo”, sino que “cuenten con información suficiente, que sepan que no hay nada mal con sus cuerpos, que no es un problema individual como nos ha hecho creer la industria de la belleza para que podamos consumir sus productos y servicios”.

Mientras ese debate de fondo se da, las sociedades llevan años luchando para una mejor regulación de estas prácticas. A la vuelta del verano, el PSOE presentará una proposición no de ley en el Congreso que ponga orden en la cirugía estética. Se centra en tres frentes: que un médico titulado realice siempre las intervenciones, una regulación de la publicidad y otra del consentimiento informado que incluya la especialidad del médico que opera.

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Author: Geoffrey Lueilwitz

Last Updated: 09/24/2022

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